No hace mucho vi un documental en televisión que hablaba de los superdotados y me llamó poderosamente la atención que un alto porcentaje de estos sufre de depresión crónica, es más, muchos de ellos llegaban incluso a recurrir al suicidio. Esta afirmación me dio mucho que pensar: ¿en realidad ese es el precio que hay que pagar por ser excepcional?
Queda claro que una mayor inteligencia otorga un mayor poder critico, una mayor capacidad racional de cuestionamiento del mundo, de su movimiento y del porque de lo que en él sucede. ¿ Pero el hecho de tener una mayor exigencia hacia el mundo que nos rodea es lo que nos hace infelices ? Este planeamiento nos llevaría a evitar las expectativas para evitar las decepciones, olvidar los sueños para evitar las frustraciones, en definitiva no pensar, cerrar los ojos al mundo para no ver sus partes malas y así poder vivir feliz.
Una vez planteado esto hay que fijarse en un detalle que aunque obvio muchas veces se nos escapa. Si hay un porcentaje de superdotados depresivos y suicidas también hay un tanto por ciento de estas personas que vive feliz y si esto es así, ¿Dónde está la diferencia?
La inteligencia no implica otros aspectos, como la llamada inteligencia emocional (capacidad de control de nuestras emociones) o la capacidad de afrontamiento. De manera que estas personas con su intelecto superior son capaces de cuestionarse cualquier aspecto cotidiano y convertirlo en algo metafísico pero no todos tienen la capacidad para afrontar las posibles frustraciones que de ello se derive. Por ese motivo podríamos decir que la inteligencia por si sola no nos hace infelices sino que lo que nos hace desdichados es la capacidad para afrontar las posibles conclusiones que se deriven de esa inteligencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario