Me dirigía al Reino de las hadas, no era demasiado temprano pero el calor aún no apretaba. Tenía la sensación de que todo a mi alrededor se confabulaba para retrasar mi llegada incluso mi castigada montura parecía moverse mas lenta de lo normal.
En realidad no es un lugar demasiado especial pero son los seres que allí habitan los que les proporcionan su magia, de manera que cuando estos seres se van el Reino de las hadas se va con ellos.
Por fin llegué a mi destino y Campanilla me esperaba con lo brazos abiertos y una gran sonrisa como no podía ser de otra forma en ella. Con solo ver aquella mueca que me dedicó me sentí reconfortado y dejaron de pesar en mi los rigores del viaje. Después el tiempo se detuvo, era como si no existiera nada más, uno de esos momentos que quieres estirar para siempre y saboreas cada segundo porque sabes que invariablemente terminará demasiado pronto.
Cuentan que la pequeña hada dejó resvalar por su cara pequeñas perlas y que Pepito Grillo lloró con ella mientras los demás pasaban sin saber que hacer para consolarlos.
Demasiado pronto llegó el momento de volver, momento que no deseaba y que inevitablemente tuve que abordar con al mayor entereza de la que fui capaz. Muy a mi pesar salí de aquel lugar y a medida que me alejaba el mundo me parecía un lugar más sombrío y solitario era como si una nube de tristeza me acompañara en mi viaje e iba creciendo a medida que me alejaba. Comprendí que estaba solo y sin más me derrumbé, mis ojos cedieron y comenzaron a humedecerse y a desbordarse por las lágrimas que peleaban por salir desde el primer atisvo del momento de la partida.
Llegué casa y mi soledad conmigo después, solo silencio.
OJALA LA MAGIA NO ME ABANDONE NUNCA PARA QUE CAMPANILLA SIEMPRE ESTE CONMIGO
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